El pecado no nos permite entrar al cielo de inmediato

Por Padre Salvador Márquez-Muñoz

Padre Salvador Márquez-Muñoz

El purgatorio es tiempo de purificación necesario para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios y teniendo segura su salvación, necesitan mayor purificación para llegar a la santidad necesaria para entrar en el cielo. Esta purificación NO es un castigo del infierno. Dios creó los seres humanos para que disfruten de su vida divina y su gloria. Sin embargo el pecado nos impide disfrutar plenamente de esta vida divina, llamada cielo; por lo que, todos necesitamos la redención de Jesucristo para poder ir al cielo.
Jesús nos purifica con el poder de su Sangre para ser admitidos al cielo. La salvación es posible sólo por medio de Jesucristo. Si morimos en gracia de Dios se debe a los méritos de Jesucristo que murió por nosotros. En el purgatorio los mismos méritos de Jesús completan la purificación. Dios ha querido que nos ayudemos unos a otros en el camino al cielo. Las almas en el purgatorio pueden ser auxiliadas con nuestras oraciones.
La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia, cuando esta se sabe interpretar correctamente: El texto de 2 Macabeos 12, 43-46 nos habla de una purificación después de la muerte. Judas Macabeo efectuó entre sus soldados una colecta … a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado … Pues … creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren en gracia de Dios … Ofreció este sacrificio por los muertos; para que fuesen perdonados de sus pecados.
Los Protestantes no reconocen que este libro es parte de la Biblia porque Lutero lo quitó de su Biblia precisamente porque el sabía que se refería al purgatorio. Sin embargo el Nuevo Testamento hace referencia a 2 Macabeos. Por ejemplo, Hebreos 11,35 “Unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor.”
Asimismo las palabras de Jesús: “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo, ni en el otro” Mt 12,32. “Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo” Lucas 12,58-59.
En estos pasajes Jesús hace referencia a un castigo temporal que no puede ser el infierno ni tampoco el cielo. Se llega a semejante conclusión en la carta de San Pablo, 1 Corintios 3, 12-13: “Pues la base nadie la puede cambiar; ya está puesta y es Cristo Jesús. Pero, con estos cimientos, si uno construye con oro, otro con plata o piedras preciosas, o con madera, caña o paja, la obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer porque en el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual: si su obra resiste el fuego, será premiado; pero, si es obra que se convierte en cenizas, él mismo tendrá que pagar. El se salvará, pero como quien pasa por el fuego”.
De manera que hay un fuego después de la muerte que, diferente al del infierno, es temporal. El alma que por allí pasa se salvará. A ese estado de purgación le llamamos el “purgatorio”.
El sufrimiento mayor del purgatorio consiste en la “pena de ausencia”, porque las almas están temporalmente privadas de la gloria de Dios. Sin embargo, no hay comparación entre este sufrimiento y las penas del infierno. El purgatorio es temporal y por eso lleva consigo la esperanza de ver a Dios algún día cara a cara. Las penas del purgatorio son proporcionales al grado de pecado de cada persona. Estas almas tienen certeza de la salvación y poseen fe, esperanza y caridad.
Nuestra oración por las almas de los difuntos sólo puede ayudar a los que están en el purgatorio ya que la condición del infierno es irreversible y los que están en el cielo no necesitan oración, pero, como no tenemos la certeza si un alma está en el purgatorio o no, excepto en el caso de los que han sido llevados a los altares, es recomendable orar por todos los difuntos. Nuestras oraciones pueden reducir sus penas en intensidad y duración. Cuando estas almas lleguen al cielo sin duda rezarán por nosotros.
Padre Salvador Márquez-Muñoz es párroco de la Iglesia de San Eduardo en Little Rock.

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