2 de noviembre se celebra la fiesta de los Fieles Difuntos

Por Padre Salvador Márquez-Muñoz

La fiesta de los Fieles Difuntos corresponde a una larga tradición en la fe Católica en la cual oramos por aquellos hermanos nuestros que han pasado a un plano distinto de existencia, ellos se encuentran en un estado de purificación llamado Purgatorio antes de alcanzar la perfecta y santa unión con Dios para toda la eternidad. Es un estado en el cual el alma alcanza su mayor esplendor, es decir, el esplendor de Dios, ya que es en Dios mismo donde el alma de los difuntos se va purificando y transformando.
La costumbre de orar por los difuntos es muy ancestral. El libro 2º de los Macabeos en el Antiguo Testamento dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46); y siguiendo esta tradición, la Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos.
Al respecto, San Gregorio Magno dice: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.
En el pasado, esta fiesta se orientaba a la tarea de liberar a las “benditas almas del Purgatorio.” Ellas eran la “Iglesia Sufriente,” en espera de que la “Iglesia Militante”, es decir nosotros, hiciéramos algo para reducir su sufrimiento y así unirse a los santos del cielo, la “Iglesia Triunfante.”
Sin negar nuestra necesidad de ser purificados de cualquier huella de pecado, el pasaje del Libro de la Sabiduría es muy consolador. Nos dice que los difuntos justos se encuentran seguros en la protección de Dios; y sólo los insensatos piensan que “su salida de entre nosotros, [es] una completa destrucción.” Lloramos su muerte, y su paso a la vida eterna la consideramos como nuestra pérdida. Pero para aquellos que tienen fe, su esperanza está “llena de inmortalidad.” En otras palabras, la esperanza no puede ser extinguida por la muerte.
Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios. A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos. Por eso la Iglesia ha instituido el 2 de noviembre por aquellas almas de los fieles difuntos.
La oración en favor de los difuntos, las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia les ayudan a hacer más corto el periodo de purificación para gozar de la presencia de Dios. Nuestra oración por los difuntos también nos ayuda a nosotros, porque los que ya están en el cielo interceden por los que estamos en la tierra para que tengamos la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.
En Dios no hay lugar para el miedo sino la confianza y el valor. San Pablo nos dice que hay que tener una esperanza enraizada en el amor de Dios. Si Cristo murió por nosotros cuando todavía estábamos condenados por el pecado, ¿cuánto más podremos esperar aún de parte de Dios ahora que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo su Hijo?
Cristo nos invita a mantener viva la esperanza de que a nosotros o a nuestros seres queridos se nos restaure la vida, ya que Él mismo es la resurrección y la vida.
Cristo resucitó a Lázaro de entre los muertos pero tuvo que morir de nuevo, pero lo que Cristo le prometió, y nos promete a nosotros, es una vida que no está sujeta a la muerte: “…quien vive y cree en mí nunca morirá.”
Padre Salvador Márquez-Muñoz es el párroco de la Iglesia de San Eduardo en Little Rock.

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